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Julia Millán escribe sobre La leyenda de la ciudad sumergida

Julia Millán escribe sobre La leyenda de la ciudad sumergida
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Transcribimos el texto que Julia Millán, la librera de Librería Antígona de Zaragoza, leyó durante la presentación del libro La leyenda de la ciudad sumergida, Antón Castro, publicado por Nalvay Ediciones.

«Antón es gallego. ¿Lo sabían? Otros gallegos ilustres son Rosalía, Pardo Bazán, Castelao, Besteiro, Anxel Fole, Cunqueiro, Fernández Flórez, Dagoberto Moll, Cheché Martín... Bueno alguno de estos no lo es, pero como si lo fuera.

La leyenda de la Ciudad Sumergida parte de una búsqueda, se asemeja a la del santo Grial. Un joven aprendiz en busca de la reliquia por la inmediaciones de Arteixo. Aquí , el joven Esteban va en busca del señor de la Nubes: el Nubeiro. Al final, el Nubeiro se deja convencer con la historia de ese “making off” que le sucede a Esteban. Ese “making off” podría haber sido una historia a la manera de Las Mil y una noches pero entonces no habría sido editada por Nalvay, sino por Atalanta, en estuche de 4 volúmenes por lo menos. Y no empecemos por el final, sino por el principio.

Este libro tiene su propio ecosistema, como Mondoñedo. Ríos, picos, sotos, fuentes, caminos, cuevas, grutas, charcos… una inmensa xeografía (con x) que conforma un paisaje real mezclado con paisajes imaginados. Primero por otros, por la tradición, luego por Antón.

La historia es una carrera de relevos, o de obstáculos, mejor; una gymcana galega.

En los textos de Antón todos los personajes y elementos son excepcionales, más que eso: insólitos. Más que gallego parece andaluz. El abuelo marinero que ha dado la vuelta al mundo 14 veces; las yeguas son pardas y hablan; las pipas para fumar tabaco picado son de oro; los libros están escritos a 3 tintas; las bibliotecas son casas de cantería con patios solanares; los pergaminos son polvorientos; las luces dibujan ajedreces de luces y sombras: las sombras son informes y densas; las piedras de los caminos son pulidas; las bocas, las penas, son grandes y densas.

Otro asunto importante de “la leyenda...” es el rescate que hace Antón de la tradición oral, sin llegar a ser un trabajo de recopilación de textos pertenecientes al acervo popular. Antón logra en su escritura reunir los mitos y leyendas escuchadas muy probablemente de boca de padres, tíos, abuelos, gaviotas adecuándolos a su necesidad comunicativa. Permanece en todas sus páginas el olor a tierra, a mar y sal tan propios del galego y eso que esta vez la historia ocurre tierra adentro, sin golpes de mar, pero inundados de agua, agua casi dulce. Las nubes galegas no están hechas de agua dulce, siempre tienen un regusto a algas y a mar. Ay, que me estoy contagiando del espíritu galego.

En los cuentos de Antón no hay muchos muertos, aunque se derrumbe una casa, justo, gracias a Antón, no hay nadie dentro. Han salido todos, a otro cuento. Aunque los personajes estén a punto de ahogarse o de fenecer en su búsqueda, Antón les hace continuar sin desmayo y salir a flote. Pero no solo ayuda Antón, también lo hacen los animales que son amables, educados, hablan francés, (aunque aquí no lo ponga) y tienen una paciencia infinita con los humanos. También tienen nombres: el perro Folecho, la gallina Catuxa, la yegua Pindusa, ¡ay Pindusiña, si no fuera por ti!

Lo que más le gusta a Antón es poner nombres a los personajes, gallegos o de tierras celtas. Sabela Camelle, Cidre Oután, Esteban Molgás,Ornos, Eumede, Briguel, Brandove Moran, Fortimbrás, Onix Mogueime, Servando, Baldomir... no tienen nada que envidiar a la mejor de las novelas de caballerías. El libro, en su forma, es un ejercicio de letras capitales, de tintas, de títulos de leyendas, de tipografías distintas sólo falta la “Britanic bold”.

El relato conversa con el lector mediante los títulos de cada capítulo, le dispone a seguir leyendo sobre ese periplo, le anticipa las leyendas, que se intercalan al modo de muñecas rusas o muñecas galegas. Incluso, el autor, abandona la linealidad de la historia y se convierte en compilador de su propio relato al ofrecer dos teorías distintas sobre un mismo hecho, como si él mismo no fuera dueño del destino de la historia.

El poder de persuasión de una novela persigue acortar la distancia que separa la ficción de la realidad, eliminando las fronteras para que el lector viva la mentira como verdad, y la verdad como fantasía.

Su estilo literario está impregnado de lirismo, sosiego, nostalgia… o una apariencia de saudade, con un cuidado estilo que no proviene de beber orujo. La saudade es el amor esperanzado a lo lejano en la lejanía, es el anhelo de la noche que busca la mañana. Escenarios poblados de seres fantásticos y fascinantes que pueblan su ficción: meigas de bonitos nombres y aroma pestilente, sirenas, la Santa Compaña, los mouros, (más ricos que Amancio Ortega) que esconden sus tesoros en palacios subterráneos, innumerables ejemplos de maravillosos poderes malignos y benignos, y prodigios de magia en bolas de cristal. Un gran paralelismo que nos lleva al bosque animado de W.Fernández Flores. Entre los sauces brilla una hoz de agua. Las campanas repican una alegre muñeira. Huele a sal del Atlántico, a ternurismo tribal, a la tradición oral celta. Alma prístina del pueblo galego que confecciona hórreos de oro, en vez de coronas de oro. Antón es un creador re-creador de temas líricos con sustancia de raza. La sensibilidad ante la belleza de los entornos naturales la guarda en la memoria de sus lecturas y la recrea en su corazón de lejanía.

Y esa trinidad: 3 iglesias, ermitas, monasterios, 3 vueltas a la fuente. 3 ciudades Ys, Ornia y Antioquía, asolagadas, inundadas, ahogadas. Me encanta el adjetivo asolagada, lo dice todo. Cuando Antón nos regaló la edición primigenia en galego de A lenda da cidade asolagada, hará más de cuatro lustros, antes de leerlo, ya veía yo que iba a ir de agua al cuello. Esteban inicia un viaje de ida y vuelta, aunque la solución estaba a la vuelta de la esquina, de la cueva, más cerca de lo que pensaba. El laberinto necesario del relato y de la geografía recorrida conforman un mapa circular del tesoro. No se puede ir de A a B directamente, hay que recorrer caminos, bosques, bibliotecas, personas que descifran enigmas, que enredan la madeja más aún y que no siempre huelen bien. Y ese bibliotecario necesario y ese otro bibliotecario, antipático y desdeñoso al que dan ganas de tirarle el fabuloso libro rojo a la cabeza. Y sobre todo ese García Buño, sabio, que actúa un poco de “Deus ex machina” al proporcionar la solución al protagonista a través de las lecturas.

A Javi Hernández le gusta dibujar más a hombres que a mujeres. A los adultos más que a los niños; a perros más que a gatos. En su Argentina natal también era gallego, porque su abuelo era de Huesca. Pero ahora es de Huesca, con acento del Plata, sin acento gallego. Un jaleo de ser, la verdad. Lo que sí es Javi Hernández es un gran dibujante. Un gran dibujante de historias. Ya lo hemos visto en sus anteriores libros: en Haberlas haylas, en El niño, el viento y el miedo, en El secreto de Jacinto... También es un gran editor-autoeditor. Javi Hernández dibuja mejor cuando desfigura, cuando se inclina por la desproporción, por la lacra, la tara…por mirar de cerca mirando de lejos, por el lápiz en blanco y negro, por el dibujo velado. J. H. no ha estado en Galicia, creo, si no, no recrearía la aldea de Baladouro como nos muestra la pag 22. ¿Es así?

¡Y esa nube-calamar gigante! Dan ganas de pintarle dos ojos, tentáculos, ventosas, y un poco de pimentón. Dan ganas de tocar el pelaje del perro lobo negro pensador, de tan real. Dan ganas de llevarse de inmediato a casa al otro perro, a Folecho, de tan cautivador y seductor que lo ha dibujado bajo la lluvia. Javi Hernández sabe cómo dejar huecos en blanco cuando la historia se pone tensa, cuando el bosque ahoga, cuando los personajes se extenúan en su búsqueda incesante, cuando el viento es feroz y da miedo. También sabe dibujar mejillas encendidas como pavías, narices chiquitillas y ojillos azules de cejas melancólicas en los niños de pelo de oro. Y grandes narizotas a los mayores.

En la parte final del libro, en ese precioso apéndice, ha dibujado ese bestiario en blanco y negro, con las cualidades de cada ser en algunos casos y con el retrato imaginado en otros, un regalo inesperado, ciertamente, que cierra el libro de manera elegante y enciclopédica. Una delicia.

Por fortuna, el papel de los libros absorbe como una esponja toda el agua derramada, cuando estamos a punto de ahogarnos. Todo eso lo vimos también en el anterior libro de “El niño, el viento y el miedo”, Baladouro era el centro de la historia. Resulta que la maldición del agua incesante venía como el pecado original, heredado, “una condena tan antigua como el mundo” según dice la historia, que ahora le tocaba padecer a Baladouro. ¿Pero por qué? Tendreis que leerlo.

De nuevo los libros y las historias nos salvan, nos llevan fuera del temporal. Baladouro está a salvo y el nubeiro puñeteiro, también. Y todo, a cambio de un relato, como en Las mil y una noches, gracias a un pequeño Xerezade (con x) llamado Esteban; un gran valiente que supera todos los miedos. Y también, por la gracia de unos zapatos. Pero eso tendréis que leerlo.

Muchas gracias.»

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