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Pepe de Uña recupera El Duende de Zaragoza

Pepe de Uña recupera El Duende de Zaragoza
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El 20 de enero de 2016 Pepe de Uña presentaba su libro 'El duende de Zaragoza' (Mira Editores) en el Museo Pablo Gargallo de Zaragoza. A continuación el texto que se leyó, del poeta y fotógrafo Josian Pastor.

«Quisiera comenzar presentando a mi gran y admirado amigo Pepe de Uña. Cineasta y literato. Escritor de altas miras y corto gabán.

Nacido en Alburquerque (Badajoz) su alma extremeña se ha mudado a la aragonesa por dictamen de sus amigos, entre los que me incluyo. Un hombre entre dos tierras sedientas y feroces. Aragonés de fermento,  extremeño de condición, su corazón siempre ha pertenecido a los libros: su verdadera patria.

Una mezcla explosiva en tarro pequeño con luces suficientes como para ser un referente, tanto en Extremadura como en Aragón: su tierra de adopción en la que ha germinado como madera de boj, que ha agarrado con tal fuerza que ya es tan difícil desprenderse de ella, aun a conciencia.

Existen dos tipos de libros: los que simplemente cuentan una historia y los libros, que además, la saben contar; saben atraer al lector a sus páginas y convierten el simple relato en algo trascendental, lúdico y hasta melódico, 'El Duende de Zaragoza' es uno de esos libros bien contados. Al autor no le basta con contarnos la historia de un duende en una ciudad deprovincias justo antes de la guerra civil española. Le interesa contárnoslo de forma inteligente, poética, en ningún caso decimonónica y cargada de sutilezas  créanme, no tan fáciles de dilucidar como podría parecer. Nos habla de Zaragoza: su Zaragoza, pues esta tierra también es suya, puesto que yo le hago partícipe ahora mismo de esta tierra dura y despoblada. Lo planto en la Plaza del Pilar, lo riego con agua del Ebro y le nombro Caballero de la Orden del Santo Sepulcro de los Desamparados. Así, de improviso. Desde hoy, querido Pepe, ya eres aragonés. Por si tenías alguna duda. Yo perjuraré hasta el día de mi muerte que eres convecino mío, ciudadano aragonés sin título nobiliario y brote verde en esta tierra sesgada por el Ebro y tan ávida de agua.

Y no me vale que lo niegues, puesto que, como tú bien sabes acabaríamos en una discusión a la aragonesa, que consiste, como bien describes en tu libro que aquí presentamos: en no debatir las razones del contrario, sino enrocarse en las propias.

Sigamos con el libro: nos encontramos en una época pre guerra civil española, donde la falta de trabajo acecha escondida a la población. Hay revueltas y la política bulle por las alcantarillas casi como hoy, de espaldas al interés general. Me gustaría presentar a Pascuala Alcober, la joven mujer protagonista de la novela. Las bellas palabras del autor cuando nuestra querida Pascuala sale al baile con sus amigas en su día de libranza: 

El postinero galán no dejaba de clavarla con las tachuelas de sus ojos vivaces. Pascuala no lo miraba. Tiesa como un mocho de escoba, sólo reaccionaba cuando el joven pretendía pegársela al pecho o entrecruzar las piernas en un giro, a la espera de la más mínima complacencia que pudiera suponer la primera concesión. Él le hablaba en voz baja, acercándole la boca a la oreja o deslizándole, al descuido, la mano hasta las nalgas. “Estate quieto, o te dejo plantado”, era todo cuanto advertía ella, sin entrar en más conversación, con una indiferencia, ni desdeñosa, ni retadora, sólo a la  expectativa.

Y José de Uña sigue describiéndola ya en casa, frente a la cocina económica donde todo sucederá...

Pascuala, cuando barruntaba tormentazo y el ambiente, cargado de ozono, le subía el sofoco, le bajaba la tensión y se le humedecían las sienes con gotas resplandecientes, nacidas en el borde en retirada del cuero cabelludo.

Las descripciones que el autor hace de la ciudad de Zaragoza bien podrían ser como las que hacen de la ciudad de Barcelona Juan Marsé en 'La dama de Shanghay' o Carmen Laforet con su excelente obra 'Nada'.

La utilización de contadas palabras en desuso: estrellas en la negrura literaria de hoy en día, rompen y dinamizan un idioma defenestrado por el vulgo al que irremisiblemente tenemos que acercamos y ser cómplices de sus bondades por ser nuestra lengua de apellido universal.

Qué inmensas palabras luchan por vivir como calcañares, burranquería, borborigmos, zaquizamí, tenguerengue, argarillas, jerigonzas... Pequeñas joyas que hacen de este libro un pequeño tesoro literario.

Escrito y diseccionado por fechas, es un dietario de los principales sucesos acaecidos en la calle Gascón de Gotor número 2 segundo derecha de Zaragoza (Don Anselmo Gascón de Gotor). Aunque el libro es entero, quisiera vislumbrar dos estilos que le dan forma. El primero íntimamente literario, al más puro estilo de Stevenson, con esa grasa literaria de la que mi amigo Pepe suele hablar muy a menudo... Si así fuere, querido amigo, este libro es todo un taller de piezas bien ensambladas.

El segundo estilo está basado en hechos reales, periodísticos, con gracejo y tono cómico, pero sin saltarse la verdad de lo que acaeció en la ciudad de Zaragoza en época de la segunda república. Una tragicomedia cercana, de grandes actores secundarios e fantástica revisión histórica que no deja de ser una radiografía de la época. Un brochazo para configurar la sociedad urbana de aquel entonces. Unos diálogos precisos y exquisitos que enriquecen, si cabe, su historia "valleinclanesca" desvelándonos la cultura y situación social de cada uno de los personajes (también algo berlanguianos) que aparecen en la novela.

La descripción de los personajes es precisa, adjetivada hasta hacerla clara, casi nítida, del personaje en cuestión. Para el subcomisario Callizo utiliza esta descripción a modo de Sancho Panza: Callizo, un hombre regordete, casi calvo, con bigote mosca y ojillos cansados; acostumbrado a su puesto de eterno segundón, sobrellevaba la vida con exceso de café y moderadas dosis de alcohol. Prototipo del escudero que sabe más por años de oficio que por diablo, se manejaba bien en las intrigas de antedespachos y era hábil, a su manera, en la componenda entre bastidores.

Una grata experiencia visual.

Éste es otro extracto descriptivo sobre el comisario Jefe Minglanilla: En aquel mismo momento, sintió un expandirse de ácidos en el estómago, en todo parecido a un escape de lejía de una damajuana volcada. El ardor le subió por la garganta y le reventó en el paladar como una traca. No fue una sensación placentera, ni tentadora. Lo sintió como una necesidad. A Minglanilla le sobrevino el ansión de fumarse un cigarro. Se había despertado en él la terrible memoria de la nicotina. Comenzó a sentirse nervioso y, enseguida, se le humedecieron las palmas de las manos con un sudor frío y pegajoso. Sólo la experiencia de la isciplina a ciegas y un acendrado sentido del deber anularon el deseo de abandonar la comisaría para comprarse un paquete de tabaco y rellenar el mechero en el estanco de la esquina.

Este párrafo es excepcional. Sólo por esto ya merece la pena comprarse el libro.

Ni soy hombre, ni soy de DiosLe dice el duende a Isabel, la propietaria de la casa. El ama de la joven Pascuala a la que antes nos hemos referido, cuando quiere saber más de aquella maldición, de aquella presencia que lograba burlarse de las autoridades tan fácilmente y que ella, ¡por qué ella!... tenía en casa y no cualquier otra vecina. ¡Qué vergüenza al saber que en la calle se hablaba de ella y de su casa!

Pascuala, la protagonista, requiere un altar propio. Es la anti-heroina de la historia, a la que se describe con una sutileza y un respeto hecho poesía. Pascuala está sentada al lado de la cocina económica al atardecer, y José de Uña describe así el mágico instante: La estampa, a la luz incierta de la tardada, tenía la inconsistencia lumínica de un cuadro de Veermer: sutil y como al borde de la extinción. ¿Impresiona, verdad?

Quizás la chica de la perla, de Veermer, encajara en el papel de Pascuala, la humilde e inocente Pascuala.

El segundo derecha del número dos de la calle Gascón de Gotón (don Anselmo) siempre entre paréntesis por ser inútil el topónimo que nadie conoce a estas alturas, se convirtió en noticia en los principales periódicos de Zaragoza y hasta tuvo eco en el "The Times" londinense. Nadie hasta hoy pudo clarificar el porqué de aquella misteriosa aparición incorpórea que parecía salir del hornillo de una cocina económica, del mismo carbón de quemar, y que al parecer, se enamoró de la joven Pascuala. La impávida e ignorante Pascuala, una chica de pueblo a la que el Duende le cambió la vida. Ella nunca pudo imaginar que alguien le quisiera de una forma tan profunda y espiritual.

Pascuala abrió los ojos y, lentamente, se incorporó, llevándose una mano a los pechos, exaltados, única barrera del corazón palpitante.

En este libro también cabe la burla y la socarronería aragonesa: la tuya, querido Pepe, ya que introduces nuestra jotica en la acción de ese otro personaje que es la gente de la calle, la gente ebria de interés en el asunto que les desborda. Describes vivamente los pensamientos del vulgo, que desde el primer momento se agolpó a la entrada del edificio encantado queriendo descubrir sus más recónditos secretos.

Sus comentarios en la calle, en la prensa, en las tascas, en misa de doce, toda conversación iba crucificando a la pobre Pascuala, la única que no tenía miedo en la casa de la calle Gascón de Gotor número 2 segundo derecha puesto que se sabía querida por el Duende.

Y conociendo los mozos del barrio los ruinosos amores de Pascuala cuando acudía al baile con sus amigas, no se anduvieron con chiquitas y le compusieron una jotica un tanto bochornosa que dice así, parafraseando a todos los rondacalles madrugadores y tragavinos de la noche zaragoza:

Una mocica del pueblo
quiso enamorar a un duende.
¡Cosas tan raras suceden
si un hombre no te pretende!

Los nombres de los personajes al final del libro están dispuestos de forma que parecen sacados de un teatro de Lope o Calderón. Una obra completamente teatralizable y un objeto de deseo para todo aquel que sienta curiosidad por la buena lectura, por los sucesos acaecidos en Zaragoza, por los sucesos paranormales y sobre todo, por la belleza artística y humana de un AUTOR (con mayúsculas), cuya frontera no es una tierra sino toda La Tierra.

Disfrutemos de él y del Duende de Zaragoza».

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